EL PRÍNCIPE



EL PRÍNCIPE
“El Príncipe”, sin duda alguna uno de los tratados políticos más importantes de todos los tiempos, y una lectura obligatoria para todos los estudiosos de las ciencias sociales, y particularmente para aquellos interesados en las ciencias políticas, fue escrito por Nicolás Maquiavelo en 1513, y publicado en 1531, como regalo para el duque Lorenzo II de Medici, en respuesta a la acusación que pesaba sobre su autor, de haber conspirado en contra de los Medici. 
Esta, constituye todo un catálogo de consejos y premisas de cómo deben actuar los gobernantes frente a sus estados para conservar válidamente el poder. En el presente ensayo únicamente abordaremos tres de los capítulos.
CAPITULO XVII. DE LA CRUELDAD Y LA CLEMENCIA O DE SI ES MEJOR SER AMADO QUE TEMIDO.
Dentro de las cualidades que todo “Príncipe” o gobernante debe tener, este debe ser reconocido por su compasión y no por su crueldad, aunque no debe ser motivo de preocupación que tenga fama de cruel, pues esto puede ayudarle a gobernar, ya que es mejor tener fama de cruel, que ser conocido por clemente, ya que esto puede llegar a ser considerado como una debilidad, de modo que, un gobernante debe ser prudente en sus creencias y en su actuar, evitando un exceso de confianza  y una desmesurada falta de confianza. De aquí surge el dilema de que es mejor para un gobernante, ser amado o temido, y aunque lo ideal sea tener ambas cosas, regularmente no pueden ir de la mano, de modo que según Maquiavelo, es mejor ser temido.
Esto, considerando que los hombres son ingratos, volubles, hipócritas, falsos, miedosos y ambiciosos, de modo que mientras gocen del favor del gobernante y tengan algún interés que cuidar, le serán fieles, pero en cuanto termine o se agote ese beneficio, le darán la espalda, “porque las amistades que se adquieren con dinero y no con nobleza y virtud son de hecho compradas y no se tienen realmente”, además de que los seres humanos ofenden más fácilmente a quien estiman que a quien teme, ya que el amor es un vínculo muy pobre  y el temor es más real y funcional.
Sin embargo, lo más prudente y acertado es que el gobernante, se haga temer sin llegar a ser  odiado, pues es posible llegar a ser temido y amado, pero jamás se podrá llegar a ser  odiado y amado al mismo tiempo. Se puede llegar a ser temido y respetado sin despertar el odio, si el gobernante es capaz de castigar  absteniéndose de tocar los bienes y mujeres de sus súbditos, además de que, al frente de un ejército un gobernante siempre debe de ser visto como alguien firme y cruel para evitar que sus propios ejércitos se levanten contra él, de modo que un buen gobernante debe ser temido y amado, apoyándose siempre en lo que dependa de él mismo procurando no llegar a ser odiado.  
      CAPITULO XVIII. DE COMO LOS PRÍNCIPES HAN DE MANTENER LA PALABRA EMPEÑADA.
Aunque sea comúnmente aceptado como algo digno y respetable que un soberano mantenga  su palabra, la experiencia ha demostrado que quienes han hecho poco caso de la palabra empeñada y han burlado astutamente a los demás, van superando a quienes actúan con lealtad. Existen dos modos de combatir, con la ley o con la fuerza, lo primero es propio de los hombres y lo segundo de las bestias, y aunque muchas veces no basten las leyes, por lo que es imperioso que todo gobernante sepa cómo actuar de acuerdo a las circunstancias, de modo que sepa cuando comportarse con la astucia de una zorro o con la fiereza de un león, de modo que cuando sea necesario faltar a su palabra, lo haga sin sufrir ningún agravio, de modo que un buen gobernante debe también practicar el arte del engaño, pero ofreciendo una imagen de sobriedad, humanidad, integridad y demás virtudes que lo hagan parecer alguien lleno de bondades, pues las acciones de los hombres se miden por sus resultados y no se debe pasar por alto que la principal y primordial preocupación de un gobernante es ganar y conservar el estado.       
CAPITULO XIX. DE LA MANERA COMO SE HA DE EVITAR EL ODIO Y EL DESPRECIO.
De entro todas las virtudes y cualidades que debe tener un gobernante, la más importante de todas, es sin duda, evitar todo aquello que pueda convertirlo en un ser despreciable y odioso. Un príncipe fácilmente llega a ser odiado y despreciado por sus siervos cuando se vuelve rapaz, usurpador de bienes y raptor de las mujeres de sus súbditos y sus ciudadanos. De modo que un gobernante que tenga una buena imagen de si mismo, adquiere gran reputación y difícilmente es conjurado por sus súbditos.
Todo gobernante está expuesto a dos peligros inminentes, los que procede del interior de su estado y los que vienen del exterior. De los segundos no se debe temer, ya que con un buen ejército y la lealtad de los suyos que su puede llegar a controlar cualquier ataque el exterior, sin embargo, los problemas del interior, como las conjuras y rebeliones siempre son más difíciles de contener, de modo que se deben evitar a toda costa, no solo teniendo la lealtad y voluntad de los súbditos, sino también castigando de manera firme cualquier intento de conjura o rebelión, para lo cual debe de contar con el favor del pueblo y de su ejército, de modo que sepa cómo mantener contentos a todos los grupos de poder, debiendo privilegiar a los más fuertes, ya que pueden ser los más peligrosos, pero sin que ello implique ganarse el descontento social, lo ideal es gozar del favor del pueblo, del ejército, del senado y de todos los gobernados en general, de modo que se les dé a cada uno algo de lo que reclamen, pero teniendo siempre el control, tenerlos a todos contentos pero no completamente satisfechos, sin caer en excesos, pues como ya se mencionó no es bueno ser considerado débil, pero tampoco tan cruel que genere odio y descontento, lo ideal es ser respetado, temido, admirado e incluso amado, pero jamás odiado.
 
Lic. en D.  Marcos Fabián Ocampo de la Fuente.     

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