EL EL LEVIATÁN (Thomas Hobbes 1588-1679)






EL LEVIATÁN (Thomas Hobbes 1588-1679)

Primera Parte.
En la primera parte del libro,  Hobbes comienza con un estudio sistemático del hombre como individuo,  para posteriormente estudiarlo en sociedad. Analiza el conocimiento humano a partir de la experiencia, la cual se adquiere a través de la repetición de hechos que se quedan grabados en la memoria como imágenes. De ahí que el ser humano a través de los recuerdos puede simular acontecimientos futuros y actuar prudentemente, según su propia experiencia. Como elemento fundamental para adquirir conocimiento esta la palabra, o el lenguaje que permite que lo mental se convierta en verbal o escrito. Hobbes considera que si se dice la verdad, se puede transmitir la experiencia propia y recibir la de otros, pero la transmisión de datos falsos ocasionaría grandes daños, de ahí que considere al discurso como fuente de errores y engaños que no necesariamente son intencionados, los cuales deben ser eliminados a fin de obtener definiciones rigurosas que nos acerquen a la ciencia. Por otro lado encontramos a la razón definida por Hobbes como el “cálculo de las consecuencias” de nuestros pensamientos, la cual nos permite analizar una situación y según la experiencia predecir las posibles consecuencias.
También se examina la voluntad y la conducta humana, siempre motivadas por el deseo y la adquisición del poder, dominada por la pasión, pues los seres humanos actuamos según los impulsos que se reciben del exterior, evitar los que resulten desagradables y procurando los que sean  agradables. Entones surge el problema cuando hay que compartir las fuentes de placer, de ahí su premisa de que cada ser humano está en continua guerra con los demás “Bellum omnium contra omnes” y en consecuencia, en la búsqueda de esas fuentes de placer, el hombre se convierte en el lobo del hombre “Homo homini lupus est”. De este análisis parte Hobbes para establecer su filosofía intentando axiomatizar la humanidad, de ahí que influido por las ciencias exactas, percibe de manera objetiva y carente de todo sentimiento a las pasiones, como el objeto de cualquier apetito o deseo humano, el cual puede ser bueno, malo y despreciable dependiendo de la situación y contexto. También define a la esperanza como el apetito con opinión de obtener, y lo honorable como cualquier acción, cualidad o argumento que sea señal de poder, estableciendo que la condición natural del hombre es vivir de manera solitaria, pobre, malévola, bruta y corta.
Hobbes refiere tres motivos por los cuales surgen los conflictos en el estado de naturaleza del ser humano: la competición, la desconfianza, y la gloria, de los cuales desarrolla las leyes de naturaleza, definiendo 19 leyes de naturaleza, a partir de las cuales comienza a definir el contrato social.
Segunda Parte
Hobbes construye su idea del contrato o pacto social, desarrollado por los hombres como garantía de la seguridad individual y como forma de poner fin a los conflictos que, por naturaleza, generan estos intereses individuales. Así, a las pasiones naturales del hombre se oponen las leyes morales, siendo a su vez leyes naturales.
El Estado o República que Hobbes concibe en Leviatán no es el concepto moderno de República  basada en la ausencia de monarquías derivado de la democracia,  sino que se trata de un estado concebido como una cosa pública, un poder organizado de forma común cuya función es “Regentear” las cosas públicas y que se funda a partir de la suma de voluntades individuales libres que deciden actuar para adquirir ventajas comunes. La libertad del individuo se ve reducida a los espacios donde la ley no se pronuncia o lo limita. Sin embargo, al existir una cesión voluntaria de poder, se contemplaba un caso en el que los individuos podrían rebelarse contra el soberano, solo cuando éste causara perjuicios a su integridad corporal o a su libertad física, o sea, si el soberano no cumplía su parte del contrato social de defender la libertad de los individuos asegurando la paz, entonces el pacto quedaba roto inmediatamente.
Hobbes da al principio del segundo libro la descripción de la causa final, el fin o el deseo de los hombres que aman la libertad y el dominio sobre otros,  que es la auto imposición de los límites en los que viven en sociedad a través de un instrumento para su propia preservación, con la finalidad de obtener una vida más tranquila, de modo que para librarse de la terrible condición de constante guerra, la cual es natural a las pasiones del hombre, cuando no hay poder visible que las limite y controle, lo cual ocurre únicamente por el miedo al castigo a aquellos que las lleven a cabo.
Hobbes renuncia explícitamente a la clásica separación de poderes. Cabe destacar que en el sexto derecho del soberano, Hobbes especifica que está a favor de la censura de los medios de comunicación y de las restricciones a la libertad de expresión, si el soberano considera que son negativas para la preservación del orden público.
Hobbes refiere tres tipos de Estado: la monarquía, la aristocracia y la democracia. No puede haber más formas de gobierno que esas tres, pues ninguna, o todas, pueden tener todo el poder soberano (que se ha demostrado anteriormente que es indivisible). Aunque haya habido otras formas de gobierno en el pasado, como fueron la tiranía y la oligarquía, Hobbes no las consideraba nombres de otras formas de gobierno sino las mismas con otro nombre. Pues aquellos que están descontentos con la monarquía la llaman tiranía y aquellos que están descontentos con la aristocracia la llaman oligarquía, al igual que aquellos que no les gusta la democracia la llaman anarquía (que significa falta o ausencia de gobierno).
Según Hobbes, el más práctico es la monarquía; ya que la diferencia entre estos tipos de gobierno no consiste en la diferencia del poder, sino en la conveniencia o aptitud de asegurar la paz y la seguridad del pueblo; al fin y al cabo, es el motivo por el cual se instituyen.
Al comparar la monarquía con las otras dos, de esto deduce que donde los intereses públicos y lo privados están muy unidos, los públicos se ven más favorecidos. En la monarquía el interés público y el privado son el mismo. Las riquezas, el poder, y el honor del monarca surgen de las riquezas, fuerza y reputación de sus súbditos. Es imposible que el rey sea rico, glorioso o poderoso si su pueblo es pobre, sin aspiraciones, o débil debido a la pobreza o la ignorancia, como para mantener una guerra contra sus enemigos. Mientras que en la democracia o la aristocracia, la propiedad pública no da tanta fortuna individual, dando lugar a la corrupción, el mal uso de la ambición, a la traición o a la guerra civil.
Hobbes considera la realidad política en la que vive y desarrolla una serie de explicaciones para la sucesión paterno filial; si falta la denotación expresa de un heredero por parte del monarca, se seguirá la tradición. Esta establece que el varón primogénito será el heredero de su padre, teniendo inmediato derecho de sucesión por costumbre; se supone que el monarca lo habría declarado así en vida, al ser tradición de generaciones. Por tanto, en la práctica, se vuelve al varón primogénito como heredero.
Tercera parte
En la tercera parte, y por lo que respecta a las relaciones entre el poder espiritual y el poder temporal, Hobbes abogaba por la total sumisión de la Iglesia al soberano.
Hobbes investiga la naturaleza de un Estado cristiano. Esto da lugar inmediatamente a la pregunta de en qué escrituras deberíamos confiar y por qué. Si alguna persona reclama que lo sobrenatural es superior a lo civil, entonces habría caos, y el deseo principal de Hobbes es evitarlo. Por tanto, concluye que no podemos conocer infaliblemente la revelación divina dada por otra persona; ya que cuando Dios habla al hombre, es por medio del propio hombre o de otro igual al que le ha hablado anteriormente. La persona con la que Dios habló le entendió perfectamente, pero eso no quiere decir que cuando el revelado se lo cuente a otro, esta otra persona le comprenda; por lo que es difícil, por no decir imposible, saber con certeza lo que Dios quiere. Además, que alguien demuestre que Dios le ha hablado es prácticamente imposible, por lo que no puede esperar que los demás le crean. Como esto podría ser considerado como una herejía (al aplicarse a la Biblia), Hobbes dice que se necesita una prueba, y la verdadera prueba es contrastar los dichos de los que oyen a Dios con las sagradas escrituras -ya que considera que las escrituras son las enseñanzas que Dios ha dado-, y la muestra de un milagro. Si ambos requisitos se cumplen, es un verdadero profeta. Como en la actualidad ver un milagro es algo poco probable, se considera a la Biblia como única fuente verdadera de fe.
Hobbes analiza varios libros que son aceptados por distintas sectas y la cuestión de la verdadera autoridad de las escrituras. Según Hobbes, La Biblia es un manifiesto del que nadie puede saber cuál es la palabra de Dios a menos que Dios se lo haya dicho personalmente. Por tanto la verdadera pregunta es: ¿Qué autoridad tiene la ley? Como era de esperarse, Hobbes concluye que no hay una forma certera de saberlo si no es por medio del poder civil: a aquel a quien Dios no le haya revelado personalmente que son suyos, ni que aquel que los hizo fue enviado por Dios mismo, tiene obligación de obedecer a nadie cuya voluntad no sea ley. Por tanto sólo hay obligación de obedecer al soberano del Estado, el cual sólo tiene poder legislativo.
Discute los Diez Mandamientos, y se pregunta quién los dio para que tengan fuerza de ley. No hay duda de que la ley la dio Dios mismo, pero éstos ni obligan ni son ley para aquellos que no lo reconozcan como acto del poder soberano. ¿Cómo sabía el pueblo de Israel que fue Dios quien se los dio, y no Moisés, si no pudieron acercarse al monte? Concluye que la promulgación de la ley de las Escrituras es tarea del soberano civil.
Finalmente, se plantea qué poder tiene la Iglesia sobre aquellos que, siendo soberanos, han elegido la fe cristiana. Concluye que los reyes cristianos son los pastores supremos de su pueblo y tienen el poder de ordenar a sus pastores lo que deseen, pueden enseñar a la iglesia, es decir, instruir a sus súbditos. Ésta tercera parte está repleta de enseñanzas bíblicas. Sin embargo, una vez aceptado el argumento principal de Hobbes, que nadie puede estar seguro de la revelación divina del prójimo,  a su conclusión  de que el poder religioso ha de estar subordinado al poder civil, solo se llega por deducción.
Debido al momento histórico en el que ésta obra fue redactada, las largas explicaciones que se exponen en esta tercera parte fueron necesarias. La necesidad que Hobbes veía de la supremacía del poder soberano surgió por una parte por las consecuencias de la guerra civil, y por otra, para destruir la amenaza de los papas de Roma, dedicándole bastante esfuerzo a esta última idea.
Cuarta Parte
En esta cuarta parte, Hobbes ejerce una severa crítica a la Iglesia, a la cual acusaba, tras denunciar las tradiciones fabulosas que sostienen al conjunto de la mitología cristiana,  de estar impregnadas, incluso, de cierto ateísmo. No obstante, y con el fin de evitar eventuales represalias y censuras eclesiásticas, en el apéndice con que concluye Leviatán intentó atemperar sus posiciones recurriendo para ello al examen de la jurisprudencia sobre la herejía.
Cuando Hobbes nombra esta sección “El reino de la oscuridad”, no se refiere al Infierno, ya que no cree ni en el Infierno ni en el purgatorio, sino a la oscuridad de la ignorancia como opuesto a la luz del verdadero saber. Esta interpretación por parte de Hobbes es bastante poco ortodoxa y ve oscuridad en la mala interpretación de las Escrituras.
Para este autor existen cuatro causas para esta oscuridad:
  1. La mala interpretación de las Escrituras. El abuso más destacado es el enseñar que el reino de Dios está en la Iglesia, por consiguiente disminuyendo el poder civil. Otro abuso es convertir la consagración en una conjura o un ritual tonto.
  2. La demonología de los poetas, tratando de demonios que no son más que construcciones de la imaginación. Critica muchas prácticas del catolicismo, como la veneración de los santos, las imágenes, reliquias y otras cosas practicadas por la Iglesia de Roma, afirmando que no están permitidas por la palabra de Dios.
  3. Mezclando las reliquias, las escrituras y la filosofía griega (especialmente Aristóteles) han causado grandes estragos. Hobbes no es muy amante de los filósofos en general. Desprecia el hecho de que muchos hayan tomado la filosofía aristotélica y hayan aprendido a llamar, a las distintas commonwealths, tiranías (como lo fue Atenas en su momento). Al final de este apartado aparece una idea interesante (además de que la oscuridad no sólo introduce mentiras, sino que destruye verdades), que parece aparecer a raíz de los descubrimientos de Galileo. Afirma que incluso habiendo verdades demostrables, aquellos que están en la oscuridad condenarán a los iluminados que intenten enseñárselas, gracias a las doctrinas de la Iglesia. La razón que estos necios dan es que va en contra de la verdadera religión, sin embargo, si son verdades demostrables, ¿cómo pueden ir en contra de lo que Dios dice? Sin embargo, Hobbes no tiene problemas con la supresión de algunas verdades si es necesario, esto es, si tienden a desordenar el gobierno al dar pie a una rebelión. Si este fuese el caso opina que más vale que sean acalladas y que se castigue a sus predicadores, aunque estas medidas sólo podrán ser tomadas por el soberano.
  4. Interviniendo y modificando las tradiciones y la historia se daña también a la luz. Hobbes se plantea quién se beneficia de estos engaños. Expone el caso de Cicerón, el cual afirma que uno de los jueces más crueles de Roma era un gran hombre; pues en los casos penales en los que el testimonio del testigo no era suficiente, tenía la costumbre de preguntarles a los acusadores cui bono, esto es, qué beneficios obtenían con el caso. Esto es así porque entre los móviles más obvios que uno puede ver están los beneficios. Hobbes concluye que de todo esto, los beneficiarios son la Iglesia y su jerarquía.

Comentarios

Entradas populares de este blog

REGLAS PARA LA DIRECCIÓN DEL ESPÍRITU. (Rene Descartes, 1596-1650)

CONTRA LOS ACADÉMICOS

ÉTICA NICOMÁQUEA